OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (831)

Jesucristo proclama las bienaventuranzas

Hacia 1440

Inglaterra

Orígenes, Homilías griegas sobre los Salmos

Homilía II sobre el Salmo 80 (81) 

Introducción 

Cuando permitimos que habiten en nuestro interior los dioses extranjeros o los malos espíritus, nos convertimos en templos de los ídolos, que nos empujan a la impureza u otros pecados. Y así nos postramos ante dioses falsos (§ 3.1). 

Habita en nuestro interior un ídolo cuando permitimos que los demonios se sirvan de nuestros vicios y se instalen en nuestras vidas. Nos convertimos entonces en morada de los espíritus malvados (§ 3.2). 

Cuando nos encolerizamos o consentimos que algún mal espíritu hable por intermedio nuestro, devenimos profetas de Baal, proferimos no lo que el Espíritu Santo nos dice, sino aquello que nos susurra el espíritu maligno (§ 3.3).

Con admirable lucidez Orígenes nos ayuda a ver que la idolatría no es sino la búsqueda de nuestras propias apetencias: dinero, gloria, etc. Veneramos a los ídolos para que nos alcancen aquello que nosotros deseamos y anhelamos (§ 4.1).

Salir de Egipto es abandonar los dioses falsos, “extraños”, “extranjeros”, y subir a la montaña de Dios, en la que honramos solo al verdadero Señor (§ 4.2).

Orígenes sostiene que la lectura de la Sagrada Escritura, en muchos de sus pasajes, nos exige recurrir a la interpretación tropológica. Pues de lo contrario le haríamos decir a Dios cosas indignas (§ 5.1). Es necesario, por tanto, que se dilate nuestra boca:

«Está escrito: “Dilata tu boca y yo la llenaré” (Sal 80 [81],11); y [Ana] dice: “Mi boca ha sido dilatada” (1 S 2,1). Si soy hecho idóneo y fuerte en la Palabra y competente en la Sabiduría[1], para así confutar con afirmaciones que no sean estrechas, sino amplias, toda ciencia que se alce contra la fe (cf. 2 Co 10,5) y la verdad de Cristo, o arguyendo contra la incredulidad y la perfidia de los judíos, demuestre, por la Ley y los profetas, que Jesús es el Cristo, y así pueda refutar a los enemigos de la verdad en todos los campos, entonces yo podré decir dignamente: “Ha sido dilatada mi boca sobre mis enemigos”… Al santo, por tanto, y al perfecto pertenecen esta voz, que puede proferir esas mismas palabras fundadas sobre la realidad y la verdad, y decir: “Ha sido dilatada mi boca contra mis enemigos”. Es necesario, entonces, en primer lugar, dilatar nuestra boca, para que Dios la llene (cf. Sal 80 [81],11). ¿Pero cómo primero dilatamos nuestra boca? Por la meditación de la Palabra divina, de modo que podamos progresar desde la dilatación de la boca hasta que lleguemos a la dilatación del corazón, y decir con el Apóstol: “Mi corazón ha sido dilatado para ustedes, oh Corintios” (2 Co 6,11). Pues la amplitud del corazón procura a la boca la abundancia de la Sabiduría (cf. Mt 12,34)»[2].

La lectio divina que nos propone el Alejandrino tiene su meta en “llenar la boca con las Sagradas Escrituras”. Solo así podremos hacernos acreedores a la promesa: “Abre tu boca y la llenaré” (§ 5.2).

«La melete en cuanto “meditación” de las Escrituras para comprenderlas, parece que se resuelve en la mneme, la “memoria” que es fuente y garantía de su ejercicio… Orígenes parece que fue el primero en adoptar la expresión “memoria de las Escrituras” y a recomendar una práctica que a continuación será practicada especialmente en los ambientes monásticos[3]» (§ 5.3).

Texto

No seamos templos de dioses falsos y malvados

3.1. “Si me escuchases, no habrá en ti un dios reciente” (Sal 80 [81],9-10). Sé que se pueden comprender estas palabras de una forma simple: si alguien escucha a Dios, no cometerá idolatría y no habrá “un dios reciente” para quien escucha, ni quien escucha la palabra de Dios adorará “un dios extraño” (Sal 80 [81],10). Pero yendo con mayor atención al examen [del texto] y deseando escuchar la divinidad del Espíritu Santo me atrevo a decir: todos los hombres tienen en su interior el verdadero Dios, o un dios reciente, extraño. Por ejemplo, “todos los dioses de los gentiles son demonios” (Sal 95 [96],5 LXX). Quien acoge la actividad demoníaca, quien peca por inspiración de un espíritu malvado, tiene dentro de sí el espíritu maligno, el demonio impuro que es adorado como un dios. Pero deseo decir que aquellos que son llamados dioses, pero no son tales, se encuentran en quienes son esclavos del pecado. Cuando divinizan y exaltan el dinero como un dios, hay en ellos un demonio de idolatría; por esta razón Pablo llama idolatría a la avaricia (cf. Col 3,5). Del mismo modo, cuando eres vencido por los afectos de la carne (cf. Rm 8,6-7), está dentro de ti el espíritu de la fornicación y tú te haces templo del espíritu de la fornicación; así también otro se hace templo del espíritu de la ira y de los demás pecados.

“Un dios reciente”

3.2. Si, por consiguiente, no quieres que dentro de ti se encuentre un dios a tu medida, “un dios reciente”, aquel dios que no es verdaderamente dios, escucha a Dios que dice: “Si me escuchases, no habrá en ti un dios reciente” (Sal 80 [81],9-10). Pues por la idolatría, como se la comprende comúnmente, es imposible que un simulacro[4] de planta u oro esté dentro tuyo, en tanto que la Palabra dice: “No habrá en ti un dios reciente” (Sal 80 [81],10). [Si] el santo dice: “¿O buscan una prueba de que en mí habla Cristo?” (2 Co 13,3), el pecador podría decir: “del espíritu maligno que habla en mí”, “de la ira que habla en mí”, “de la avaricia que habla en mí”, “de la vanagloria que habla en mí”. Y para todos los otros vicios se pueden escuchar las voces de los demonios que se sirven de ellos, como profetas, de las disposiciones demoníacas en aquellos que reciben el suministro de las palabras demoníacas.

Evitemos ser profetas de Baal 

3.3. Cuando leemos la historia antigua, según la cual había sacerdotes de los ídolos, profetas de los ídolos, profetas de las ofensas, profetas de Baal u otras realidades semejantes (cf. 2 R 23,24), es probable que despreciemos a estos profetas de Baal sin darnos cuenta como, algunas veces, nosotros somos profetas de la ira y decimos: “Esto dice la ira”, en vez de las palabras: “El Señor omnipotente dice esto” (2 S 7,8; 1 Cro 17,7; Am 5,16 et alia), con fuerza decimos: “Esto dice la ira”. Porque como el Espíritu del Señor todopoderoso llena al profeta con la realización de la profecía y es posible escuchar al profeta que habla de las realidades del Espíritu, otro tanto sucede con los espíritus contrarios. Cada vez que nos encolerizamos, el espíritu de la ira dice lo que le es propio sirviéndose de nosotros como profetas; pero cuando nos controlamos, en cuanto devenimos otros respecto de aquello que antes éramos, no decimos más aquellas cosas. Pues el espíritu que actuaba en nosotros se ha alejado. Por este motivo “custodia el corazón con toda protección” (Pr 4,23). En verdad, hemos dado esta explicación [sobre las palabras]: “No habrá en ti un dios reciente” (Sal 80 [81],10).

La idolatría es la búsqueda de nuestras propias apetencias

4.1. “No adorarás a un dios extranjero” (Sal 80 [81],10). Todo el que honra algo, lo venera. Para probar como todo el que honra algo lo venera, diremos esto: los idólatras no veneran tanto a los ídolos por causa de los ídolos, cuanto más bien de lo que ellos honran, para que, obteniendo lo que honran, posean aquellas cosas a causa de las cuales veneran los ídolos. Porque veneran los ídolos para enriquecerse, porque se imaginan que los ídolos les procuran esto. Y veneran los ídolos, por ejemplo, para recibir gloria. Por tanto, más que a los ídolos ellos honran aquellas cosas por las que adoran también a los ídolos.

Salir de Egipto 

4.2. Así, por consiguiente, cada uno de nosotros, cuando sin escuchar las palabras: “Te postrarás ante el Señor tu Dios y a Él solo adorarás” (Dt 6,13; Mt 4,10), haces otra cosa y acoges alguna otra realidad, se postra ante “un dios extranjero” (Sal 80 [81],10) y no escucha a aquel que le dice: “Yo soy el Señor tu Dios, que te hice salir[5] de la tierra de Egipto” (Sal 80 [81],11). No pienses en modo alguno que hizo salir solo a aquellos de la tierra de Egipto, pero que no te hizo salir también a ti. Considera en qué estado estabas cuando eras un pagano, cuando en tus pensamientos no pensabas más que en el barro y en los negocios del mundo, en las cosas vanas de la vida que se estiman buenas, y reconocerás que estabas en Egipto. Por tanto, el Señor tu Dios, separándote de las realidades corpóreas, te hizo salir de Egipto y te condujo a la montaña de Dios, a la fe en Cristo Jesús. Por eso, se te dice tanto a ti, como a aquellos que honran a los ídolos, pero no los adoran por alguna nueva fuerza sino por aquella [que se les atribuye]: “Yo soy el Señor Dios tuyo, El que te ha hecho salir de la tierra de Egipto” (Sal 80 [81],11). 

Abrir la boca 

5.1. Veamos entonces qué nos ordena Dios. Hace, en efecto, una afirmación por la cual tengo necesidad de Él para comprender por qué dice: “Abre tu boca y la llenaré” (Sal 80 [81],11). Aquellos que nos aconsejan no alegorizar que la consideren y no alegoricen, pero comprendan de qué forma Dios dice: “Abre tu boca y la llenaré” (Sal 80 [81],11). Que digan de qué manera es necesario abrir la boca. ¿Tal vez, la Palabra quiere que nosotros abramos la boca y nuestros labios estén más anchos? ¿Pero no es vergonzoso pensar que Dios dice algo así? Por tanto, ¿de qué modo alguien explicará estas palabras sin ofrecer una explicación tropológica del pasaje? Y la promesa que declara: “Y la llenaré” nos exige indagar, para que sepamos abrir la boca. Pues una vez abierta, Dios la llenará[6].

“Yo la llenaré”

5.2. Ahora bien, quien escribe pocas cosas y no quiere que aquello sobre lo que escribe contenga muchas letras no dilata lo que escribe, sino que escribe poco. En cambio, quien quiere escribir más ampliamente sobre algo, busca un tema más amplio sobre el que escribir, capaz de contener más letras. Compréndeme del mismo modo sobre la boca de nuestra alma: ella se dilata con la meditación frecuente de la Sagrada Escritura, pero se estrecha cuando no conocemos ni siquiera un salmo, no conocemos ni un dicho del Evangelio o algún otro pasaje de la Escritura. Por tanto, nosotros dilatamos la boca con la meditación de las Sagradas Escrituras. Y si al comienzo no entendemos lo que dicen las Escrituras, cuando las meditamos, comenzamos a llenar la boca con ellas, deseando recordar la Ley y los Profetas, los Evangelios y los Apóstoles gracias a la meditación de las Escrituras. Tienes una promesa: “Si abres tu boca, yo la llenaré” (cf. Sal 80 [81],11). Porque todo aquello que hayamos hecho para apropiarnos de las Sagradas Escrituras -si profesas agradecimiento y das gracias a Dios, es posible decir: «Verdaderamente sé que dice la verdad Aquel que afirma: “Abre tu boca y la llenaré” (Sal 80 [81],11)»-, en la medida que abro la boca, en la medida que medito, tanto más ella se llena. Y si llego al punto de no meditar más que lo que dice [la Escritura], [la boca] se llena de la comprensión de las Escrituras divinas.

Meditación - memoria

5.3. Después de haber orado para que la boca se llenara, mientras ustedes daban su colaboración y luchaban junto a mí con sus oraciones, para que no fuera privado de las palabras dichas, ¿ven el beneficio que les llega de este pasaje? Por consiguiente, mientras les aconsejo y les recomiendo también a ustedes que se dejen persuadir por aquel que dice: “Abre tu boca y la llenaré” (Sal 80 [81],11), estoy convencido, a fin de confirmar todavía más cuanto se ha dicho, si presentaré algo semejante que se verifica entre los hermanos. Con frecuencia viene alguien que busca aprender los conceptos contenidos en la Sagrada Escritura, y que están allí de una forma oculta, sin siquiera conocer un dicho del Evangelio, sin recordar al menos una palabra del Apóstol, sin saber lo que dice un profeta y lo que está escrito en este o aquel libro. A una persona así se le debería decir oportunamente: “Abre tu boca, si quieres que tu boca se llene mediante el aprendizaje de las cosas que pides”. Por tanto, si alguien se esfuerza por comprender las Sagradas Escrituras, que no tenga otra preparación a no ser aquella que procede de la memoria de las Escrituras. Porque nosotros hablamos de las cosas de Dios “no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con las enseñanzas del Espíritu, expresando las realidades espirituales con términos espirituales” (1 Co 2,13). 


[1] “Es necesario recordar que, para Orígenes, Sabiduría y Verbo son las dos nociones (epinoiai) supremas que definen al Hijo de Dios; la primera, en tanto que es el pensamiento interior de Dios; la segunda, en tanto que se comunica a otros. En Orígenes, como en todos los escritores cristianos antiguos, en un contexto concerniente a la Escritura santa, la palabra logos nunca es entendida en el sentido meramente profano de discurso, palabra, razonamiento, sino que siempre comporta una referencia al Verbo subsistente”. En consecuencia, es necesario poner en mayúscula tanto la palabra Verbo, como Sabiduría (SCh 328, p. 136, nota 2).

[2] Orígenes, Homilías sobre el Primer libro de los Reyes, 10.3.

[3] Origene, p. 515, nota 7.

[4] Lit.: figura esculpida.

[5] O: subir.

[6] Cf. Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, III,2: «Moisés por haber llegado a tal grado de inteligencia, el conocimiento de sí mismo, en lo cual consiste la cumbre de la sabiduría, la generosidad divina lo recompensa. Escucha con qué dones óptimos y magníficos. “Yo, dice, abriré tu boca, y te enseñaré lo que debes decir” (Ex 4,12). Son felices aquellos a quienes Dios abre la boca para que hablen. A los profetas, Dios les abre la boca y se la llena con su palabra, como dice ahora: “Yo abriré tu boca y te enseñaré lo que debes decir”. Igualmente, por David dice Dios: “Abre tu boca que te la llenaré” (Sal 80 [81],11). Del mismo modo dice Pablo: Para que me sea dada la palabra al abrir mi boca” (Ef 6,19). Por tanto, Dios abre la boca de los que hablan palabras de Dios.

Pero temo que haya, por el contrario, alguno cuya boca abre el diablo. Porque el que habla mentira, es seguro que el diablo abre su boca para que hable mentira. El que da falso testimonio (cf. Mt 15,19), los que profieren con su boca bufonerías, obscenidades y cosas semejantes, el diablo abre su boca. Temo que no (sea) también el diablo quien abre la boca de los “maledicentes y calumniadores” (cf. Rm 1,29-30), sino igualmente de “los que profieren palabras ociosas de las que deberán dar cuenta en el día del juicio” (cf. Mt 12,36). Porque ¿quién duda que es el diablo quien abre la boca de “los que altivamente hablan iniquidad” (cf. Sal 72 [73],8), de “los que niegan que mi Señor Jesucristo ha venido en carne” (cf. 2 Jn 7), o “que blasfeman contra el Espíritu Santo” (cf. cf. Lc 12,10), a quienes “no se perdonará ni en el siglo presente, ni en el futuro” (cf. cf. Mt 12,32)? ¿Quieres que te muestre también con la Escritura de qué modo el diablo abre la boca de estos hombres que hablan contra Cristo? Mira lo que está escrito de Judas, cómo se refiere que “entró en él Satanás” y que “el diablo metió en su corazón el entregarlo” (cf. Jn 13,27. 2). Por tanto, él mismo le abrió la boca cuando “habló con los príncipes y los fariseos sobre la manera de entregarlo” (cf. Lc 22,4), habiendo aceptado el dinero. De donde me parece que no es pequeña gracia poder comprender qué boca es la que abre el diablo. No es sin la gracia del Espíritu Santo que se discierne boca y palabras de este género; y por eso en la repartición de las gracias espirituales se añade asimismo esa que se da a algunos del “discernimiento de espíritus” (cf. 2 Co 12,10). Por tanto, es espiritual la gracia por la que se discierne el espíritu, como también en otra parte dice el Apóstol: “Prueben los espíritus, para ver si son de Dios” (1 Jn 4,1)».