OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (824)

La Sagrada Familia
Siglo XV, segunda mitad
Liturgia de las Horas
España
Orígenes, Homilías griegas sobre los Salmos
Homilía IX sobre el Salmo 77 (78)
Introducción
Por medio del recurso a un texto del profeta Daniel, explica Orígenes el sentido del versículo: “Les dio oprobio eterno”. Este oprobio es el reproche de Dios a nuestras faltas, para que sintamos vergüenza y abandonemos nuestra vida pecaminosa (§ 4.1).
Se concluye la explicación del versículo 66 del salmo se señalando que “el oprobio eterno” se evita atendiendo a los reproches que el Señor nos hace por nuestras faltas, de modo que procedamos a arrepentirnos y convertirnos de nuestras malas acciones. Pasando a realizar aquellas obras que, luego de un breve tiempo en esta tierra, nos merecerán la alabanza eterna (§ 4.2-3).
El salmo nos presenta, en los versículos 67-68, una profecía. El anuncio de que será Cristo que ocupe el trono real, el trono eterno. Por tanto, sostiene Orígenes, el salmista nos ofrece una profecía por medio de palabras simbólicas (§ 5.1).
En nuestra Iglesia hay cristianos que, al igual que los israelitas que se separaron de la estirpe de David, se apartan de la unidad provocando cismas en su seno (§ 5.2).
Quienes se separan de la comunión eclesial y devienen cismáticos o incluso herejes, en cierto modo imitan a los israelitas que se unieron a Roboam y destruyeron la unidad del pueblo elegido (§ 5.3).
Orígenes afirma que cuando pecamos nos hacemos parte de la descendencia de los amorreos y de los hititas. No somos hijos de Abrahám, cuya fe nunca desfalleció (§ 5.4).
Texto
Oprobio y vergüenza
4.1. ¿Qué otra cosa les hace Dios a sus enemigos? “Les dio oprobio eterno” (Sal 77 [78],66). Sabemos asimismo que Daniel afirma sobre la resurrección: “Unos resucitarán para la vida eterna, otros para el oprobio y la vergüenza eterna” (Dn 12,2; cf. Jn 5,29), no primero para la vergüenza y después para el oprobio, sino para el oprobio y después para la vergüenza. Pues cuando no sientes vergüenza por tus pecados, [Dios] te lo echa en cara[1], queriendo conducirte a la conversión. Pero cuando se te reprocha, después de haber escuchado el oprobio, sentirás vergüenza, mientras que antes no la experimentaste y eras insensible a tus males. Por eso, en el libro de Daniel se respeta correctamente el orden para aquellos que, por causa de sus pecados, en primer término, se encuentran en el oprobio; y en segundo lugar, en la vergüenza.
Alabanzas eternas
4.2. Que echar en cara sea una acción santa del Salvador lo encontramos en el Evangelio: “Él empezó a reprochar a las ciudades, en las que se había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se convirtieron” (Mt 11,20). Convenientemente comenzó a reprochar, para que al empezar a reprochar las llamase a no padecer ya más nada que fuese merecedor de reproche. Por consiguiente, Jesús empieza a reprochar, pero si te conviertes, comienza y al mismo tiempo cesa de reprocharte y el oprobio termina, [así] como había comenzado. Pero si después que el Verbo ha empezado a reprocharte por los pecados, no te conviertes, se mantiene para ti el oprobio hasta la resurrección. Y entonces Jesús dará oprobio eterno a los que no se convirtieron por el oprobio anterior. Por tanto, los pecadores recibirán un oprobio eterno; en cambio, los justos una gloria eterna. Como unos son reprochados, pues no se convirtieron de sus pecados, así los otros escuchan sus alabanzas. Tal vez, en el futuro eón el santo es aquel que guarda y alimenta el santo, aquel que constante y eternamente es alabado por Dios por los bienes de breve duración. No porque obró rectamente durante treinta años, recibirá así alabanzas por treinta años, sino que gozará de tales alabanzas eternamente.
Conclusión del comentario al versículo sesenta y seis del salmo
4.3. He expuesto estas reflexiones para [explicar] las palabras: “Les dio oprobio eterno” (Sal 77 [78],66).
A Cristo le estaba reservado el trono real
5.1. “Y rechazó la carpa de José y no escogió la tribu de Efraín; y escogió la tribu de Judá” (Sal 77 [78],67-68). Por lo que se refiere a la letra, Jeroboam y su hijo con él se arrogaron el gobierno de diez tribus en el cisma; “y no quedó un príncipe de Judá y un jefe de sus flancos” (Gn 49,10 LXX), hasta que llegó Cristo, a quien estaba reservado el trono eterno, el trono real. Por tanto, por cuanto atañe a la letra, las palabras: “Rechazó la carpa de José y no escogió la tribu de Efraín” (Sal 77 [78],67), deben comprenderse así: [Dios] no quiso que el rey fuera un descendiente de José, ni un príncipe de Efraím. Él eligió la tribu de Judá, para que reinara sobre el pueblo a partir de Judá. Por tanto, ¿queremos atenernos solo a la letra, o también diremos que este pasaje era una profecía de lo que sucedería en tiempos de Salomón -pues es un salmo de Asaf y éste, creo, es más antiguo [que Salomón]-, o bien asimismo en estas palabras se encuentra un símbolo?
Los que se separan de la Iglesia
5.2. Me atreveré a decir que el cisma en el pueblo de un tiempo era una profecía de los cismas y de las herejías de la verdadera Jerusalén, la Iglesia de Dios. Como entonces quienes pertenecían a la tribu de Israel no permanecieron bajo el gobierno de la estirpe de David, sino que no soportando la dureza de Roboam dijeron: “No tenemos parte con David ni heredad con el hijo de Jesé” (1 R 12,16), así hasta nuestros días aquellos que se separan de la Iglesia con variados pretextos, ya sea porque critican los obispos, ya sea porque afirman querer huir de los pecados del pueblo en tanto que ellos están puros de los pecados, repiten también ellos: “No tenemos parte con David ni heredad con el hijo de Jesé” (1 R 12,16). Algunos incluso lo dicen abiertamente, de forma que ni siquiera hay necesidad de explicarlo.
“Nosotros no tenemos parte con David ni en la heredad con el hijo de Jesé”
5.3. Pregunta, entonces, a alguno de los marcionitas: “¿Acaso tienes parte con David y en la heredad con el hijo de Jesé?”. Él responderá: “Nosotros no tenemos parte con David ni en la heredad con el hijo de Jesé”. Pues han negado a “aquel que ha nacido de la estirpe de David según la carne” (Rm 1,3). Interroga a alguno de los de Valentín: “¿Acaso tienes parte con David y en la heredad con el hijo de Jesé?”. Y éste te responderá diciendo: “Yo conozco otro Dios más grande que el Dios de David, hijo de Jesé, más grande que aquel que Jesé adoraba”. Por tanto, también los de Valentín afirman claramente: “Nosotros no tenemos parte con David ni en la heredad con el hijo de Jesé”. De mismo modo llega a Basílides y también él te dirá lo mismo. Pero la mayor parte de las herejías harán suyas sin duda estas palabras y repetirán lo que entonces fue dicho, en el momento del cisma: “Nosotros no tenemos parte con David ni en la heredad con el hijo de Jesé” (1 R 12,16). Por consiguiente, son todos, por así decirlo, descendientes de Jeroboam y de la tribu de José.
El origen de Sara y Abraham
5.4. Merece, con todo, que se los considere porque [descienden] de la tribu de José y de la tribu de Efraím, sobre todo según la tropología. En la medida en que Dios nos lo dé en Cristo, la afirmación resultará clara merced a la comparación con un pasaje contenido en Ezequiel y a la hermosa explicación que ha llegado hasta nosotros sobre este texto del profeta. Ahora bien, dirigiéndose a Jerusalén, se dice: “Tu padre era amorreo y tu madre hitita” (Ez 16,3). Y he oído la siguiente tradición sobre este pasaje: Abram, antes de devenir Abraham, antes de las promesas, en cuanto a la estirpe era amorreo por causa de su condición de vida, y Sara, análogamente a Abraham, era hitita según su estirpe. Ellos pertenecían a los pueblos en los que habitaban y que Dios finalmente destruyó. Por tanto, como afirman los que nos han transmitido esta tradición, si alguien dijera a un hombre malvado, hijo de un hombre que antes era pagano pero que después se hizo creyente: “Tu padre era pagano, tu padre era un idólatra”, esto no se referiría a dos padres diversos, sino al mismo padre antes de creer y después de haber creído. Y aquel que ha hablado así no ha mentido. De modo que, desde el momento en que Jerusalén deviene pecadora, ella oye que se le dice: “Tu padre Abraham era amorreo” -antes de creer, antes de recibir los oráculos divinos- y Sara, la mujer de aquel Abraham: “ella era tu madre”. Porque cuando eres pecador, no eres hijo de Abraham el justo; cuando eres incrédulo, no eres hijo del Abraham que creyó.
[1] El verbo oneidizo puede traducirse por: insultar, injuriar, reprochar.