OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (294)

Jesús discutiendo con los fariseos y los maestros de la Ley
Hacia 1266
Evangeliario
Cambrai, Francia
Orígenes, Dieciséis homilías sobre el Génesis
Homilía X: Rebeca sale a recoger agua y el servidor de Abraham se la encuentra (continuación)
Observa cuánta cosas suceden junto a las aguas, para que también tú (te sientas) invitado a venir cotidianamente a las aguas del Verbo de Dios y a estar junto a sus pozos, como también lo hacía Rebeca, de la cual se dice: “Era una joven muy bella, una virgen a la que ningún hombre había conocido” (Gn 24,16).
Y ella, dice (la Escritura), “salió por la tarde a sacar agua” (cf. Gn 24,15. 11).
La virginidad de Rebeca
4. No en vano se escribió esto sobre ella. Pero algo me impresiona: qué es esto que se dice: “Era una joven, una virgen a la que ningún hombre había conocido” (Gn 24,16), como si una virgen pudiese ser otra cosa que una mujer a la que no ha tocado hombre alguno. ¿Qué significa, en (relación con) una virgen, el añadido: “Que ningún hombre había conocido”? ¿Hay acaso alguna virgen a la que un hombre haya tocado?
He dicho ya muchas veces[1] que en estos (textos) no se narran historias, sino que se entretejen misterios. Yo pienso que en este caso se indica algo semejante.
Como Cristo es llamado esposo del alma, con quien el alma se desposa cuando viene a la fe, así también, cuando el alma se vuelve hacia la incredulidad, el hombre con quien se une (es) aquel mismo (que es) llamado: “hombre enemigo, que siembra la cizaña en medio del trigo” (cf. Mt 13,25). Por tanto, no basta que al alma sea corporalmente casta; es preciso también que este pésimo marido “no la haya conocido”. Porque puede suceder que alguien sea virgen en el cuerpo y que, conociendo a este pésimo marido, el diablo, y recibiendo en su corazón los dardos de la concupiscencia venidos de él, pierda la castidad del alma. Por ende, puesto que Rebeca era una virgen “santa en el cuerpo y en el espíritu” (1 Co 7,34), por eso (la Escritura) duplica su alabanza y dice: “Era virgen, ningún hombre la había conocido” (Gn 24,16).
Las joyas de Rebeca
Vino, por tanto, a las aguas al atardecer (cf. Gn 24,11). Sobre el atardecer ya hablamos más arriba. Pero considera la prudencia del servidor: no quiere tomar como esposa para su señor Isaac más que a una virgen hallada digna y de rostro hermoso, y no sólo virgen, sino que ningún hombre la haya conocido, y sólo aquélla que encuentre sacando agua; a ninguna otra quiere desposar con su señor.
Si no es tal, no le entrega ornamentos, ni “pendientes, ni brazaletes” (cf. Gn 24,22), (y) ella habría permanecido desaliñada, poco delicada, descuidada. ¿Tenemos que pensar que el padre de Rebeca, un hombre rico, no tenía brazaletes y pendientes que dar a su hija? ¿Era tan grande su negligencia o su avaricia como para no poder dar ornamentos a (su) hija? Pero Rebeca no quiere adornarse con el oro de Betuel; no son dignos de ella los adornos de un hombre bárbaro e ignorante; busca las joyas en la casa de Abraham, porque “la paciencia” (encuentra su) ornato en la casa del sabio.
Por consiguiente, las orejas de Rebeca no habrían podido recibir su ornato, si no hubiese venido el servidor de Abraham para adornarlas él mismo; ni sus manos reciben otros adornos que los que ha enviado Isaac. En efecto, ella quiere recibir en sus oídos palabras de oro y tener en sus manos acciones de oro; pero no habría podido recibir ni merecer estas cosas si antes no hubiese venido a los pozos a sacar agua. Tú, que no quieres venir a las aguas, que no quieres recibir en tus oídos las palabras de oro de los profetas, ¿cómo vas a poder estar adornado con la belleza de la doctrina, de las obras y de las costumbres?
El pozo como lugar de elección para las bodas místicas
5. Pero hagamos caso omiso de otras muchas cosas, puesto que ahora no es tiempo de hacer comentarios, sino de edificar la Iglesia de Dios y de sacudir a los oyentes más perezosos e indolentes con los ejemplos de los santos y las explicaciones místicas. Rebeca, siguiendo al servidor, llegó hasta Isaac; así la Iglesia, siguiendo la palabra profética, llega a Cristo. ¿Y dónde lo encontró? “Junto al pozo, dice (la Escritura), del juramento, mientras paseaba” (cf. Gn 24,62).
Nunca se aleja de los pozos, nunca se aparta de las aguas. Rebeca es hallada “junto a un pozo” (Gn 24,16), “junto a un pozo” encuentra luego a Isaac; allí contempla por primera vez su rostro; allí “baja del camello” (cf. Gn 24,64), allí ve a Isaac a quien le presenta el servidor.
¿Crees que sólo aquí se hace mención de los pozos? También Jacob va a un pozo y allí encuentra a Raquel y ésta se le aparece [como una mujer] “de bella presencia y de buen ver” (cf. Gn 29,17). Pero asimismo Moisés encuentra a Séfora, hija de Raquel, junto a un pozo (cf. Ex 2,15 ss.).
¿No te sientes aún movido a comprender que estas cosas se dicen espiritualmente? ¿O piensas tal vez que el que los patriarcas vengan a los pozos y sus bodas se decidan junto a las aguas son cosas que suceden siempre por casualidad? Quien esto así piensa es “un hombre animal y no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (cf. 1 Co 2,14). Pero el que quiera, permanezca en este (estado), manténgase “animal”; yo, siguiendo al Apóstol Pablo, digo que estas cosas tienen sentido “alegórico” (cf. Ga 4,24), y digo que las nupcias de los santos son la unión del alma con el Verbo de Dios: “Porque el que se une al Señor es un solo espíritu” (1 Co 6,17).
Y esta unión del alma con el Verbo es seguro que no puede realizarse de otra manera sino por la instrucción de los libros divinos, que figurativamente son llamados pozos. Si uno viene a estos pozos y saca agua de ellos, es decir, si meditando en ellos percibe un sentido y una inteligencia más profundos, encontrará bodas dignas de Dios; puesto que su alma será unida a Dios.
(Rebeca) “baja también de los camellos” (cf. Gn 24,64), es decir, se aparta de los vicios, renuncia a los sentimientos irracionales y se une a Isaac; conviene, en efecto, que Isaac pase “de virtud en virtud” (cf. Sal 83 [84],8). El hijo de “la virtud”, que es Sara, se une y se desposa ahora con “la paciencia”, que es Rebeca; y esto es pasar “de virtud en virtud y de fe en fe” (cf. Sal 83 [84],8; Rm 1,17).
Pero vengamos a los Evangelios. Veamos dónde busca reposo el Señor mismo, cuando se encuentra fatigado del camino. “Llegó a un pozo, dice la Escritura, y estaba sentado sobre él” (cf. Jn 4,6).
¿Ves cómo por todas partes concuerdan los misterios entre sí? ¿Ves cómo armonizan las figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento? Allí se acude a los pozos y a las aguas para encontrar esposas; y (aquí), la Iglesia se une a Cristo en el lavado del agua.
!Mira qué gran cúmulo de misterios nos apremia! !Es tal la cantidad de los que se nos presentan, que no podemos explicarlos! Esto al menos te debe incitar a escuchar y a venir a las reuniones, de modo que, aunque nosotros, por razón de brevedad, dejemos a un lado algunos de ellos, tú, cuando releas y busques (en las Escrituras), también abras[2]y descubras por ti mismo (estos misterios), o por lo menos perseveres en el examen de los mismos, para que también el Verbo de Dios, encontrándote junto al agua, te tome y te una a él. Así, para que devengas “un solo espíritu” (cf. 1 Co 6,17) con él, en Cristo Jesús, nuestro Señor, “a quien (sean) la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (cf. 1 P 4,11; Ap 1,6).